Se recorren los caminos entre el polvo que ha dejado el tiempo, intentando rescatar con cada paso dado; de la inercia còsmica, el postrer aliento que aminora el paso hacia la muerte. Se pisan las huellas aùn frescas, de hombres que ya recorrieron los caminos de la vida; huellas ahora borrosas en el ocaso de jornadas infinitas transcurridas. Caminos andados en el lìmite de tiempo, orillas sin destino; anticipo del cansancio en lejanos lugares donde se anhela la frescura redentora del agua como alivio a la fatiga. Sanadora de la intensa sed de caminatas sobre polvorientos senderos. Puertas y ventanas se abren generosos en la marcha continua de pasos que van marcando el rumbo de existencias precipitadas al azar, señaladas en la impronta de felicidades buscadas; quehacer de fortuitas alegrìas. Tragedias teñidas de brillante rojo, color de tràgicos deselaces; dolores por doquier en el escenario lùgubre de la comedia humana.
Caminos como bùsquedas incesantes que lleven a metas no esperadas; caminos recorridos atisbando el final. Tantos desvelos y luchas. ¡Cuànto esfuerzo tras una agonìa cuàl es la existencia humana! El camino se recorre en intermitente rutina de cada època; implacable ciclo: niñez, juventud y vejez, para que el final sea el ùltimo sendero sin regreso. Camino recorrido que sòlo desandarà los pasos en otra encarnaciòn, nuevo cuepo con ancestral, milenaria identidad còsmica, inmortal espìritu renovado en los caminos del universo siempre en renovaciòn y cambio.
¡Pero cuànta soledad, cuànto hastìo esparcido en los inmensos caminos por donde quizàs nunca quedaràn las huellas de pasos perdidos, extraviados en bùsquedas sin sentido! Recorriendo caminos en tierras calcinadas de violencia y odio, el hombre recoge las huellas del pasado, absorve, confundido con el polvo del tiempo muerto, la identidad etèrea de todos los muertos que yacen sobre la tierra desde el origen del hombre hasta nuestros dìas. Los caminos guìan hacia los umbrales de encuentros forjados en la aventura, previo conocimiento; osado interes en descubrir otros mundos, ruptura con la monotonìa que mata los sueños, encadena al hombre a la comodidad de la mediocridad confundida con falso bienestar.
Cuàntos rìos de sangre han alimentando la savia de la tierra herida, sangre de inocentes o canallas, integràndose al humus de la tierra, sedimentando en el sabio ciclo, el rigor matemàtico de la naturaleza. Todo viene de natura y a natura siempre regresarà, transformado de forma y estado pero la materia siempre regresarà a su origen, en la elipse inexorable de la vida, muerte, trazada en la grandeza infinitesimal del universo. La naturaleza sabe lo que hace pero el hombre ignora esa ley.
Caminos que se recorren con pasos vacilantes, ternura de la infancia cuando la ansiedad, fràgil torpeza de aquella etapa, el infante marca con sus tiernos pies, el sendero de destinos que conduciràn a disìmiles caminos. Donde construir mundos, hogares, empresas; engendrar o procrear otras vidas. Existencias desperdiciadas o sublimes, drama y tragedia, grandeza del hombre, miseria de la especie humana. Se dan los primeros pasos hacia lo incierto, surco indefenido pero cierto de la futura existencia del hombre.
Las huellas de hombres muertos se reconocen cuando se ponen los pies sobre olvidadas huellas, porque si se escucha con cuidado, se oyen susurros fantasmales, ùltimo aliento de aquèllas almas erràticas. Aùn se perciben presencias, luz agonizante en el aura recòndita de espìritus en pena. Los caminos son olvidos revividos, luego de los pasos apoyados sobre antiquìsimas huellas, ancestral memoria de la especie humana que ha dejado su huella marcada sobre la faz de la tierra en su compleja historia. cuando se recorren los senderos de la tierra.
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16 de febrero de 2014
6 de febrero de 2014
( POESÌA MARGINAL ) = = SANGRE DERRAMADA = = POEMA V. - -
¡Cuànta sangre perdida
en demenciales guerras!
¡Cuànta sangre coagulada
en los campos de batalla!
cuando al irrumpir el alba
mientras el sol aparece lànguido de un cercano oriente/
aparecen los cuerpos de miles de muertos/
Sòlo queda un nauseabundo sangriento campo
de miles de hombres asesinados/
con esos ojos vacìos de los muertos
que sòlo ven la nada de la muerte
Sobre aquèllos incontables cuerpos
manchados de rojo lìquido coagulado/
millones de negras moscas carroñeras
ejecutan con macabra precisiòn la danza
de infinitos vuelos musicalizados de zumbidos/
aquelarre de insectos en el festìn de aquella carne en pudriciòn/
sangre derramada ahora putrefacta sangre coagulada
Sòlo se escucha
el ensordecedor fùnebre zumbido de la muerte/
sòlo se advierte la vida infame de millones de negras moscas carroñeras
en la bacanal abyecta de la vida de alimentarse con la carne muerta/
Marcha de tragedia con millones de moscas
agitàndose con ritmo alucinante de locura sobre aquèllos cadàveres
tendidos sobre la tierra en miles de charcas de su propia sangre/
Ràpido es el ciclo de putrefacciòn de un cadàver/ cruel es el fìn del hombre
ya se agitan en el firmamento las aves carroñeras/
ya los huevos de las moscas germinan en larvas que pronto seràn gusanos/
Sangre derramada para que sea victoria de la muerte invicta
y el ciclo biològico de natura sea mortal/ desolador fin de la existencia humana
( - - Poema inèdito, del libro tambièn inèdito, SALDOS TRAGICOS,
escrito en San Andrès Isla, 1994 - - )
en demenciales guerras!
¡Cuànta sangre coagulada
en los campos de batalla!
cuando al irrumpir el alba
mientras el sol aparece lànguido de un cercano oriente/
aparecen los cuerpos de miles de muertos/
Sòlo queda un nauseabundo sangriento campo
de miles de hombres asesinados/
con esos ojos vacìos de los muertos
que sòlo ven la nada de la muerte
Sobre aquèllos incontables cuerpos
manchados de rojo lìquido coagulado/
millones de negras moscas carroñeras
ejecutan con macabra precisiòn la danza
de infinitos vuelos musicalizados de zumbidos/
aquelarre de insectos en el festìn de aquella carne en pudriciòn/
sangre derramada ahora putrefacta sangre coagulada
Sòlo se escucha
el ensordecedor fùnebre zumbido de la muerte/
sòlo se advierte la vida infame de millones de negras moscas carroñeras
en la bacanal abyecta de la vida de alimentarse con la carne muerta/
Marcha de tragedia con millones de moscas
agitàndose con ritmo alucinante de locura sobre aquèllos cadàveres
tendidos sobre la tierra en miles de charcas de su propia sangre/
Ràpido es el ciclo de putrefacciòn de un cadàver/ cruel es el fìn del hombre
ya se agitan en el firmamento las aves carroñeras/
ya los huevos de las moscas germinan en larvas que pronto seràn gusanos/
Sangre derramada para que sea victoria de la muerte invicta
y el ciclo biològico de natura sea mortal/ desolador fin de la existencia humana
( - - Poema inèdito, del libro tambièn inèdito, SALDOS TRAGICOS,
escrito en San Andrès Isla, 1994 - - )
25 de enero de 2013
LA PELÌCULA DEL AUGE NARCOCRIMINAL CONTINÙA
Sus
Inicios Históricos y Desarrollo
En la convulsionada historia
de Colombia, el narcotráfico empezó como un pintoresco fenómeno local, visto
con asombro y escepticismo como una
oportunidad para adquirir prestigio. “hacer
dinero fácil y rápido” por parte de los
primeros aventureros narcotraficantes, más conocidos como los “marimberos”.
Aunque este tipo de fenómenos delictivos también “se alimenta” de graves crisis
de valores éticos y morales, descontento social y frustración. Carencia de oportunidades como trabajo digno
y bien remunerado, imposibilidad de acceder a estudios profesionales; nulo crecimiento social y económico. Síntesis
del atraso, hambre, pobreza extrema y miseria de un país subdesarrollado y
corrupto. El panorama socio económico de ayer como hoy ha evolucionado para ser peor. En la actualidad Colombia ocupa el
tercer lugar a nivel mundial en inequidad y desigualdad social, según estudios
realizados por las Naciones Unidas. Todo ello dado en grandes sectores de la
población, amplias regiones de un
territorio tan extenso y complejo como
el de Colombia. Pero también por su
diversidad racial, confusa identidad sociológica
y antropológica; traumáticas rupturas históricas y políticas, del pretérito
lejano, inmediato pasado y convulsionado presente. Aunque también la codicia
innata del hombre, la avaricia como un pecado capital más del hombre, es otra
variable poderosa que estimula el crimen. Colombia tenía el terreno abonado. El mercado
esperaba en Estados Unidos con una juventud desorientada, sociedad lastimada en su orgullo patrio,
necesitada de “una medicina” para anestesiar el orgullo herido ante los efectos
devastadores del Síndrome de Vietnam. La
demanda sería casi infinita y la oferta
estaría a la altura. El producto brotaba
de la fértil tierra colombiana.
Los efectos placebos de la cannabis serían una
evasión fugaz, alucinante, catarsis
placentera para una sociedad y juventud en crisis como la norteamericana de los
años sesenta y setenta. Sólo faltaban los audaces contrabandistas colombianos, los hombres sin escrúpulos, temerarios emprendedores, sedientos de aventura y dinero para que la película más
sangrienta, dramática, larga y dolorosa de la reciente historia de Colombia,
empezara a rodar. El film del narcotráfico
tuvo un comienzo de empresa aventurera, negocio multimillonario y
criminal pero su final nadie lo conoce todavía. Su evolución, las consecuencias
socioeconómicas, políticas, los alcances
como pandemia a nivel mundial, detonante y alimentador de grupos terroristas y
sostén de movimientos guerrilleros; consolidación de poderosas multinacionales
del crimen organizado, transformaron el narcotráfico en un problema de Estado para muchas naciones,
desarrolladas y subdesarrolladas. Estos factores continúan evolucionando.
Aquellos pioneros contrabandistas costeños de
la década del setenta, se les denominaba
“marimberos” porque a la marihuana, en su argot local, ellos la llamaban
“marimba”. Traficantes oriundos de la costa norte de Colombia, principalmente
de la Guajira y de Santa Marta. Región privilegiada por su ubicación geográfica
limítrofe con el mar Caribe, para
embarcar vía marítima los cargamentos, y la fácil adaptación del desértico y
plano territorio guajiro para improvisar
decenas de pistas de aterrizaje, desde donde también despachaban gran
parte de los alijos de droga con destino al creciente mercado norteamericano. Se
hizo costumbre entre las etnias aborígenes del desierto de la Guajira, ver
aterrizar y emprender vuelo a los famosos aviones DC-3 y DC-6, como también gigantescos aviones Hércules con su bodegas
repletas de marihuana, piloteados por expertos pilotos gringos, excombatientes
licenciados de la guerra de Vietnam. Pero así mismo, los habitantes de la ciudad de Santa Marta, se
habituaron a que en las noches, la ciudad sufriera “misteriosos apagones” que
interrumpían la actividad de los radares, facilitando el vuelo de aeronaves
cargadas de droga del aeropuerto local Simón Bolívar.
Inequívoco síntoma de la
corrupción política, gubernamental y policíaca colombiana de ese entonces como del presente, que no veía,
no escuchaba ni sabía del nefasto negocio. El dinero fácil, proveniente del negocio de la marihuana en la década
del setenta fue una plaga devastadora para algunos pero para otros fue “una
bonanza que llegaba del otro lado del mar”, de la USA, representada en barcos y
aviones cargados con toneladas de dólares en efectivo. Fluía a borbotones el dinero sucio, para todos alcanzaba. Aquella desmesurada
fortuna, compró conciencias, silenció
denuncias; “proporcionó trabajo a los
desempleados”, canceló salarios,
poniendo el pan en la mesa de centenares
de miserables y hambrientos; pagó
policías y todo tipo de funcionarios públicos, sobornó jueces, enriqueció a
militares y políticos, financió campañas
políticas, eligió senadores y
representantes. Pagaba una costosa
nómina de sicarios y guardaespaldas, compraba armas, proporcionando lujos de jeque petrolero,
excesos de lujuria y alcohol, interminables “parrandas vallenatas”, brindando un
estilo de vida de millonarios a los traficantes que vivían entre gentes pobres y pueblos míseros
y abandonados, donde los “mafiosos
marimberos”, eran reyes absolutos.
Marihuana que llegaba en
cantidades industriales para la ansiosa juventud americana, desencantada y
horrorizada con la guerra de Vietnam, hechizada por la nueva concepción de amor
y paz, tan de moda en la primera generación hippie de los años sesenta. El poder lírico, la letra y ritmo de la música
rock, la liberación sexual, el Festival
de Woodstock de 1969, donde el sexo, la droga y el rock se unieron para crear
el máximo icono de la juventud
norteamericana de ese momento. Máxima expresión pacifista de la juventud,
después de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, muy en el fondo, éste mítico acontecimiento contracultural
junto con las graves repercusiones que causó
la Guerra de Vietnam, produjo un shock de proporciones impredecibles en su
momento pero que ahora se interpreta en toda su dimensión. Aquel acontecimiento
musical, aunado al trauma sociopolítico
causado por la confrontación bélica de Indochina, desató el shock pesadilla de
la droga, que se vive en el mundo actual, como ocurrió hacia el futuro,
partiendo del año de 1969 hasta nuestros días.
Tampoco podría extenderse
esta conceptualización afirmando que la problemática social de la drogadicción
no existía antes de este crucial período histórico como el de Woodstock y la
Guerra de Vietnam, porque se estaría lejos de la verdad. Desde los primeros estadios históricos de la
humanidad la droga siempre ha acompañado
al hombre como ritual religioso y social, y luego como evasión de la realidad,
interpretándose también por algunos
teóricos como una manifestación intelectual de ciertos artistas, una moda
glamorosa propia de las élites cultivadas y adineradas; en determinados campos
del arte y la cultura. Obsérvese como
existía un amplio consumo de heroína, morfina y otras sustancias en el
periodo de entreguerras. Y en los Estados Unidos, la heroína era ya un problema
complicado de los guetos, entre la población negra principalmente. En los
inicios de la década del sesenta, se incrementó la adicción de las denominadas
drogas duras, destacándose el LSD, las anfetaminas y otros narcóticos. El LSD, parecía ser la droga de la década del
sesenta y quizás lo fue en buena parte pero la marihuana ganó finalmente la
partida hasta que se impuso la cocaína, como reina de las drogas duras, desde el punto de vista
de su consumo masivo. No obstante, desde la visión histórica, la cronología de la cocaína es
larga. Sería tema para otro ensayo. A
secas, podría decirse que la cocaína fue un gigante dormido que estuvo semiadormecido
durante más de un siglo, cuando fue descubierta, hasta su redescubrimiento por
una sociedad moderna, industrializada, ahíta
de nuevas sensaciones, con el más alto
poder adquisitivo y de consumo del mundo, como lo ha sido la sociedad
norteamericana.
El famoso festival además de
ser un acto de rebeldía, fue también el despertar de una generación que quiso
sacudirse de encima, los rígidos
postulados de las generaciones anteriores, liberarse del pasado. Ante todo, fue
la más grande manifestación pacífica de la juventud americana en contra de la
demencial guerra de la Península Indochina, en la que su país sacrificó miles
de hombres, gastó cuantiosos recursos para ser finalmente humillado y vencido
por un país subdesarrollado. Sin embargo,
las razones oficiales de realizar el
festival fueron otras como el amor libre, el pacifismo ecológico, la vida en
comuna y el amor por la música y las artes. Pero lo
más asombroso pero demostrable, es que a
partir de ese gigantesco concierto, que no fue tan insignificante como se ha
querido desmitificar en forma tan simple, la cultura de la droga empezó a ser
parte fundamental en el ámbito cultural, como
aspecto consuetudinario en la vida de amplios núcleos de la sociedad
norteamericana aunque el fenómeno poco a
poco, alcanzó a extenderse y penetrar
entre la población joven de muchos países con afinidad a la cultura occidental.
Han transcurrido más de cuarenta años desde el primer Festival Woodstock de 1969 y
casi cuarenta desde el termino de la Guerra de Vietnam y las circunstancias
actuales como todos los hechos inherentes, sucedidos a través de los años,
confirman esta tesis. El mundo con su compleja y traumatizada sociedad moderna,
la angustia de la juventud, las formas de escapar de la
realidad, el ingenio de las mafias del narcotráfico para mercadear y posicionar en las comunidades los
narcóticos, transformaron las costumbres, dimensionando la problemática hasta
niveles de epidemia, afectando la salubridad pública. En el presente, la droga con sus efectos
catastróficos, es uno de los más graves y complejos problemas que enfrenta la
humanidad, la mayoría de Estados
occidentales, los gobiernos y diversos estamentos públicos y privados de la sociedad.
En el Festival Woodstock de 1969, miles de jóvenes norteamericanos se
congregaron durante tres días para entregarse a las sensaciones psicodélicas
del LSD, heroína, morfina y otros alucinógenos. Pero la marihuana fue la droga reina absoluta porque fue consumida
por toneladas por la enardecida masa. Las consecuencias indirectas del
movimiento de protesta protagonizado por la juventud francesa en el renombrado “Mayo
Francés”, también conocido como “Mayo
del 68”, acontecimiento que cambió la forma de ver la vida por la juventud,
rebeldía y protesta de una juventud que
exigía y “quería un cambio social”, transformación y liberación de sus vidas
sometidas a la tradición férrea de los adultos. Aquella masiva protesta que
poco faltó para ser otra Revolución Francesa, afectó profundamente e impactó a
la juventud norteamericana de la década del sesenta aunque en menor proporción
que la catastrófica guerra de Vietnam. Todos ellos fueron factores determinantes que detonaron el consumo
masivo de la yerba entre la rebelde juventud, convirtiéndose en un “modus
vivendi existencial” de ese momento y de las generaciones posteriores.
Podría afirmarse que la
marihuana como instrumento social de penetración cultural y evasión
psicológica por ser un narcótico, su influencia fue tan poderosa en los años
sesenta, que también formó “parte
esencial de la Contracultura creada en la
prodigiosa década de los sesenta”,
como reacción y repudio al sistema existente.
La reputada marihuana bautizada
como “Punto Rojo y la “Santa Marta Gold”, tan adictiva como alucinante, se convirtió en la preferida por
los miles de viciosos, dejando de lado la marihuana mexicana que fue abandonada
ante la superior calidad de la yerba colombiana.
Transcurrían los últimos años de la década del
sesenta y se iniciaban los primeros años de la década del setenta. Cuando el
negocio del contrabando de marihuana, desde Colombia hacia los Estados Unidos, alcanzó
un auge extraordinario, inaudito, que transformaría
los hábitos y costumbres de la sociedad colombiana de entonces. Corrompiendo amplios sectores de la clase baja
hasta alcanzar segmentos de las élites
locales, luego las nacionales, corrompiéndolas; y finalmente quedarse para siempre dentro de
la estructura social y económica de Colombia. Y ser en la actualidad parte integral
de su triste y trágica identidad nacional, negativa pero real imagen ante el mundo. La semilla de la
descomposición social y moral, producida por el virus nefasto del narcotráfico,
germinó y se esparció por el resto de la nación. El terreno estaba abonado para
que naciera la otra semilla del fabuloso y gigantesco negocio de la cocaína, primera
generación, iniciado pocos años después de la decadencia de la “bonanza
marihuanera.”
No
obstante que los primeros capos del negocio de la cocaína con sus actividades
delictivas, fueron concomitantes con el
auge y caída de la “bonanza marimbera”.
Éstos, iniciaron sus actividades de narcotráfico en pequeña escala, en
los primeros años de la década del setenta. Incluso hay reportes de traficantes
colombianos que ya traficaban con cocaína hacia Estados Unidos con pequeños
cargamentos, desde los años sesenta pero
su negocios eran en menor cuantía. Por ejemplo, de esa época surgió uno de los
primeros capos importantes de la cocaína. Su nombre era Jaime Caicedo, apodado
“EL Grillo”. Personaje extravagante, violento y audaz para los negocios. Fue un
auténtico pionero visionario en el negocio de la cocaína, oriundo de la ciudad
de Cali, donde creo un pequeño imperio de negocios nocturnos pero su verdadera
actividad fue el narcotráfico. Logrando crear una considerable infraestructura.
Con su inventiva criminal, ideó
asombrosos métodos para contrabandear pequeños y medianos cargamentos de
cocaína con destino a Nueva York y otras
importantes ciudades norteamericanas. Se afirma que en el momento de su
muerte, tenía más de seis mil empleados que dependían de sus negocios. Su
turbulenta vida como trágico final, inspiró una afamada película, donde se
narra su historia, titulada “El Rey”.
Otro conocido personaje
visionario de los años sesenta y setenta en el negocio de la cocaína, fue Benjamín
Herrera Zuleta, oriundo de Cali, apodado “El Papa Negro de la Cocaína”, también
conocido como el “Abuelo de Pablo
Escobar y Gilberto Rodríguez, en el negocio de la cocaína”. Detenido por
primera en una cárcel de Atlanta en 1973, de donde escapó hacia Chile. Se le
reconoce como uno de los pioneros en el narcotráfico porque abrió rutas
desconocidas hasta entonces, recorrió como un
osado aventurero diversos países donde se cultivaba la coca y se
procesaba. Aprendió como pocos todos los
secretos, trucos y trampas de aquél incipiente pero prometedor negocio. Algunos
afirman que éste personaje fue “maestro
personal de Pablo Escobar y Gilberto Rodríguez, en el tráfico de cocaína”. Creo vías de acceso y
transporte de la base de coca, diseñó toda una infraestructura de contrabando de
cocaína que incluía el transporte de la base de coca desde Perú y Bolivia, el
procesamiento, refinamiento y producción
de la misma, así como su distribución, embarque y recibo en diferentes ciudades
de Estados Unidos. Fue una figura legendaria entre las generaciones subsiguientes
de grandes capos, entre los que se destacaron
Pablo Escobar y Gilberto Rodríguez.
Aquel individuo enseñó mucho de lo que sabía
como veterano traficante, a los referidos y a muchos otros. Los
resultados saltan a la vista por la consolidación y poderío alcanzado por las
mafias colombianas, “por las enseñanzas de aquel maestro del narcotráfico”.
Pero el sembrado a nivel
industrial en la fértil geografía de la Sierra Nevada de Santa Marta,
contrabando y exportación de marihuana, se constituyó en el génesis. Fue la escuela criminal,
adoctrinamiento y creación de una “cultura mafiosa” para las siguientes
generaciones narcotraficantes. El camino estaba despejado y el terreno abonado
para que la siguiente generación criminal, crimen organizado de la cocaína
inundara el mercado norteamericano en mayor proporción aunque sus conexiones también
se extendieron hasta Europa, copando poco a poco su mercado, hasta convertirse
en el segundo mercado más importante, después del estadounidense.
Con este fenómeno, nació la primera generación emprendedora del
narcotráfico, la gestora de la infraestructura primaria para consolidar el negocio a gran escala en Colombia. De allí
surgió el conocimiento táctico, estratégico y logístico de lo que años después
sería el Cartel de Medellín, el Cartel
de Cali, el Cartel del Norte del Valle, el Cartel de la Costa, el Cartel de Bogotá, el Cartel de los Llanos Orientales, además de otras decenas
de pequeños carteles; estructuras
independientes algunas, confederadas otras, de narcotraficantes que se crearon,
con medianas y pequeñas organizaciones, bandas incipientes de
traficantes y otros clanes delictivos, adquiriendo afianzamiento en diferentes regiones del país.
Pero no puede pasarse por
alto los otros dos grandes carteles de
la droga, creados como consecuencia del
grave conflicto armado colombiano, como sucedió con las FARC-EP, (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército
Popular) de evidente orientación
política marxista, procastrista, con casi cincuenta años de existencia, y las
AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), creadas originalmente por los
principales capos del narcotráfico en los primeros años de la década del
ochenta, luego fueron reorganizadas con una sólida estructura militar y económica.
Adiestrados por mercenarios británicos e israelíes, y por amplios estamentos del Ejército
Colombiano que se unió a ellos para combatir
una guerrilla que tenía en jaque al Estado, con dominio militar y
administrativo en amplias zonas de país. Este
poderoso como tenebroso ejército, se constituyó en el brazo armado de la
extrema derecha para defender a los terratenientes, los ganaderos, a los
industriales, comerciantes y a los mismos narcotraficantes que continuaron
dirigiéndolo. Porque según sus argumentos, el Estado Colombiano y sus Fuerzas
Armadas, eran incapaces de defender sus vidas y bienes. Aquel ejército privado de escuadrones
de la muerte, se enfrentó a las FARC para defender los intereses de la clase
rica, acosada por una guerrilla que los tenía sitiados, acosándolos sin tregua,
asesinándolos, secuestràndolos, extorsionándolos, robando sus tierras, ganado y
otras riquezas. Creándose un grave conflicto interno que duró casi quince años entre estos dos bandos,
cobrando miles de vidas, miles de desaparecidos, provocando miles de
desplazados, desposeídos de sus tierras, por los bandos en conflicto,
refugiándose en las ciudades ante la despiadada guerra. Situación que ha
causado una grave desinstintucionalizaciòn
del país que todavía persiste. Esta
guerra interna, entre la izquierda armada y la derecha igualmente armada, llegó
a niveles de barbarie y degradación humana, presentadas en las guerras más
cruentas de la historia. Pero lo que se destaca de esta somera narración del
conflicto es que la financiación de las FARC y de las AUC, proviene de los
cuantiosos recursos que produce el comercio de la cocaína. Tanto las FARC como las AUC, son poderosos
carteles que manejan el negocio desde la
base primaria, controlando todo el proceso industrial hasta la
comercialización, venta y distribución internacional de la cocaína a los
Carteles Centroamericanos, Carteles Mexicanos y las mafias europeas
involucradas en el tráfico, porque
poseen amplios territorios con miles de hectáreas sembradas de coca. Además
procesan la hoja de coca. Producen la base de coca. Tienen laboratorios,
cristalizadores, hasta obtener el clorhidrato de cocaína de alta pureza, listo
para su consumo. Montajes industriales
de empaque y almacenamiento a gran escala. Disponen de la logística más moderna
para el transporte terrestre, aéreo y marítimo de la droga. Así como la
complicada logística de moderna comunicación satelital, claves criptográficas,
coordenadas estratégicas de aeropuertos
clandestinos ubicados en la extensa Orinoquía y la densa Amazonía colombiana. Y
puntos de embarque en altamar, el Atlántico, el Pacífico o el mar Caribe. Poseen innumerables pistas de aterrizaje.
Cuentan con flotillas de aviones, barcos y lanchas para el transporte fluvial,
marítimo y aéreo.
Tienen las conexiones a
nivel internacional para el envío a los grandes mercados de Estados Unidos y
Europa y aliados estratégicos en la banca y las finanzas para el lavado de
dólares, inversiones, transferencias internacionales y depósitos bancarios. Con las inmensas utilidades de tan rentable como complejo
negocio, adquieren sofisticados arsenales en el mercado negro de armas de los
países industrializados, grandes fabricantes de armamento. Con este material
bélico, alimentan el conflicto, financian
la guerra, mantienen aceitado el sangriento mecanismo que mueve una guerra que
parece no tener fin cercano. Por esto, la droga es el principal combustible que
financia la guerra en Colombia, y estas
agrupaciones armadas, con sus irreconciliables ideologías, son
quizás, en el momento actual, los dos carteles más poderosos existentes en Colombia. En teoría hubo una desmovilización
en el 2004 de las AUC, cierto tratado de adaptación a la vida civil. Fue un
remedo de paz ideado por el gobierno y los principales dirigentes del ejército
paramilitar como premio y compensación a éstos por haber diezmado a la
guerrilla en amplias regiones del país,
recuperando de nuevo el poder los terratenientes, los ganaderos y
poderosos narcotraficantes de esas regiones. Aunque la guerrilla no fue vencida ni derrotada completamente.
Una supuesta entrega de armas. Una renuncia al
combate armado ante el debilitamiento de las FARC por el duro ataque propinado
por las AUC y el ejército colombiano. La desmovilización de todos los frentes
paramilitares. El gobierno decretó algún tipo de amnistía. Según cifras
oficiales se desmovilizaron 36.000 combatientes, la mitad de los cuales entregó
armas. Pero la realidad es que entre
8.000 y 10.000 hombres en armas, nunca se desmovilizaron y mucho menos
entregaron sus armas. Las cifras fueron
tergiversadas por el mismo gobierno. Su
estructura militar quedó intacta. Todo eso puede tener algo de cierto pero no
es la realidad, ni la verdad completa. El paramilitarismo en Colombia no concluyó.
El Estado, el gobierno de turno, la sociedad y los medios de comunicación
fueron engañados por los líderes paramilitares. Altos dirigentes gubernamentales fueron
cómplices de esta farsa. Este grupo
armado de extrema derecha se ha reacomodado, ha evolucionado a un fenómeno
nuevo, tan peligroso y desestabilizador como el mismo paramilitarismo, denominado por
el gobierno como las “BACRIM” (Bandas
criminales) Pero este será tema para un
próximo ensayo.
Aquellos primeros contrabandistas de marihuana
fueron hombres violentos, arribistas estrafalarios. Hombres machistas,
mujeriegos empedernidos, borrachos pendencieros. Recordados por sus fiestas
interminables llamadas “parrandas vallenatas”, que se prolongaban durante
semanas, escanciadas por ríos de whisky de las mejores marcas, amenizadas por famosas bandas de música
vallenata. El anecdotario sobre sus excentricidades descomunales, múltiples
crímenes impunes y su identidad caribeña exorbitada, los convirtió en
auténticos personajes macondianos, más
propios de la novelística de García Márquez que de la misma realidad. Pero
fueron reales y existieron. Lo que confirmó la visión del “realismo mágico” de aquél
ilustre novelista, sobre la sociedad
colombiana.
Los primeros años del setenta fueron
testimonio histórico de personajes como “Lucho Barranquilla”, multimillonario y extrovertido narcotraficante
samario, arraigado en el imaginario popular por sus generosidad con los pobres, sus excesos
y excentricidades como comprar el
edificio donde funcionaban las dependencias de
la policía para darse el placer
de vengarse, desahuciándolos mediante un
proceso judicial. “Lucho Panamèrica”, propietario de una isla rocosa frente a
la ciudad de Santa Marta, donde hizo construir una casa en forma de quilla de
barco, incrustada en la sólida roca de la isla. Otro marimbero conocido fue Yesid Palacios, quien
en menos de un año de la década del setenta, logró enviar con absoluto éxito al
mercado estadounidense, ciento ochenta mil libras de marihuana, (90 toneladas) así mismo, entre otros narcotraficantes que se
destacaron por sus locuras estuvo el
clan mafioso guajiro, Lafaurie González,
conformado por los hermanos Eduardo, Iván y Fernando, quienes mandaron a
construir mansiones que disponían de sótanos
blindados, verdaderos refugios antiaéreos, aprovisionados con agua y alimentos
para varias semanas Disponían además de escondites secretos, mimetizados entre
los sótanos, donde guardaban inmensas fortunas en dólares, gigantescos
arsenales y grandes depósitos de droga Disponían de túneles secretos por donde
podían escapar en caso de emergencia
ante un cerco policíaco o emboscada de sus enemigos. Hasta hace pocos
años, estas fortalezas podían visitarse como atracción turística, por ser
auténticos museos en Maicao y Riohacha. Este mismo clan de los Lafaurie González,
poseía una famosa colección de automóviles Ferrari, que exhibían con desparpajo, conduciéndolos a altísimas
velocidades por polvorientas calles del
desierto guajiro, entre pueblos miserables que no disponían de escuelas, de acueducto, ni alcantarillado.
Para culminar con esta descripción de personajes ya legendarios
en la historia de la primera etapa del narcotráfico en Colombia, con la bonanza
marimbera. No puede dejarse de mencionar dos historias. La primera es la de
Julio Calderón: Magnate marimbero de los años setenta. Compró una conocida empresa de aviación comercial,
“Aerocondor”, que utilizaba para lavar grandes sumas de dólares. Luego la usó
para financiar la costosa construcción de una lujosa y sofisticada mansión en
Miami, conocida con el nombre del “Palacio Azul”. La empresa aérea quebró.
Julio Calderón también es recordado porque entre sus extravagancias, compró la
mansión que el expresidente Richard Nixon, tenía en la Florida, que muchos
afirman, pagó en efectivo. Fue dueño de lujosos hoteles ubicados en la ciudad
de Barranquilla que tenían como característica especial, poseer jardines con
prado sintético, en una ciudad que no disponía de agua sino para una minoría de
sus habitantes. El derroche y los excesos llevaron a este magnate a la ruina.
Terminó trabajando para el clan de los Ochoa, como enlace en la Costa Atlántica
del floreciente negocio de la cocaína.
El segundo corresponde a la
historia del enfrentamiento entre dos clanes de narcotraficantes guajiros, el
Clan de la familia Cárdenas y el Clan de
la familia Valdeblànquez. Lo destacable de estas dos familias mafiosas es que
llegaron a una verdadera guerra por razones que algunos identifican como una
cuestión de honor familiar, mancillado por los contrarios pero otros lo
atribuyen a odios ancestrales de tipo étnico, por ser las dos familias,
integrantes de la cultura indígena wayuu que se intensificaron por la disputa
territorial y comercio de los cargamentos de marihuana. Lo cierto del caso fue
la confrontación, tan mortífera como larga
que se dio entre los dos clanes.
Fueron sangrientas vendettas que
sacrificaron cientos de vidas de integrantes de las dos familias, así como de allegados y colaboradores cercanos. El
duelo fue prolongándose durante años sin que alguno de los clanes resultara
vencedor o diera posibilidad de una
tregua entre las familias. La historia no concluyó hasta que no fue ultimado
hasta el último de los sobrevientes que hubiera quedado en pie. Las dos
familias se exterminaron totalmente.
La mafia colombiana no es de
tipo siciliano porque no tiene tradición, ni códigos de honor. No posee el
ceremonial de iniciación, rito de aceptación en la familia mafiosa clásica, ni tiene los protocolos de aquella sociedad
secreta. Tampoco tiene la tradición de la Yacusa japonesa ni códigos similares.
La mafia colombiana aún no llega al medio siglo por lo que es todavía un
sistema hibrido. Es un organismo criminal vivo en constante evolución hacia
distintas variables del delito, Es tan letal y macabra como la mafia siciliana.
Con un componente criollo propio, donde confluyen elementos primigenios de la
indómita violencia del colombiano, capacidad innata para el crimen, la venganza
y disposición intelectual para idear y ejecutar arriesgados actos delictivos. La temeridad y
capacidad de violencia del narcotraficante colombiano no es un secreto. Ellos,
los narcos colombianos se han ganado un lugar en el sórdido mundo del hampa
internacional por su osadía, refinamiento para la venganza. Implacables en las
sentencias y ajustes de cuentas. La violencia del narcotraficante colombiano es
respetada y temida por las demás organizaciones criminales del mundo, donde se
ha posicionado como una mortífera organización criminal, tan peligrosa como las
clásicas mafias existentes.
El origen de la disposición inveterada,
implícita para hacer daño, llegar a la sevicia y ejecutar actos de barbarie espantosos, tiene
un antecedente antropológico, raíz sociológica justificada y documentada; una relación con el origen histórico de la
conformación de la incipiente nación colombiana por la crueldad y extrema
violencia. La estrategia y táctica
militar cómo la Corona Española, en tiempos de la Conquista, doblegó a sangre y
fuego las etnias aborígenes que poblaban
el naciente país colombiano. Estas
variables se potenciaron con la trágica historia patria de múltiples guerras
políticas, de origen socioeconómico que no han cesado desde la independencia. Y
continúan presentándose con diversos escenarios, distintas causas pero las
guerras y conflictos internos siguen su sangrienta espiral cíclica,
intermitente. La paz nunca llega. Parece ser una ficción más, muy lejos de convertirse en realidad.
Las vendettas de la mafia
colombiana han sido históricas y de una crueldad inaudita. Con dos factores claros e identificables:
tiene la estructura precisa del crimen organizado y tiene el factor del
secreto, oscuro, clandestino y letal,
como cualquier mafia conocida, sea la cosa nostra siciliana; la mafia
calabresa, la Yakusa o mafia japonesa, la temible mafia rusa o la tenebrosa
mafia mexicana. Los narcos colombianos son personajes de inteligencia diabólica
para la venganza y grandes negociantes, con gran habilidad para los negocios sucios.
Visión empresarial tan brillante como torcida y tramposa para triunfar con sus
negocios. Son hombres que saben
adaptarse a los cambios. Su astucia mestiza, su capacidad camaleónica para
sobrevivir y continuar viviendo, abriendo mercados e imponiendo su poder, es asombrosa. Ingentes
recursos económicos ha invertido el Estado Americano para combatirla y
exterminarla pero todo ha sido inútil. La DEA, con un presupuesto ministerial y la
tecnología más poderosa en lo militar y logístico, como lo es la norteamericana
no ha podido en más de cuarenta años de lucha sin cuartel, acabar, destruir
parte o siquiera detener el crecimiento
y expansión exponencial de un negocio tan rentable como catastrófico.
Los narcotraficantes
colombianos han sido superiores a todos los gobiernos que han pasado por la
magistratura del Estado. Su capacidad de permear la sociedad ha sido tan
impresionante como efectiva porque el rechazo inicial que recibió de parte de
las élites y ciertos estamentos públicos y políticos, fue solo un gesto de asco
superficial. El poder de corrupción, financiado con una capacidad económica casi
inagotable, con una generosidad desbordada, llegó a niveles de sometimiento casi total de la
élite política, a los caprichos e
intereses de la mafia narcotraficante. La clase política colombiana en un
porcentaje que podría llegar al ochenta, tal vez el noventa por ciento, ha sido
comprada y financiada por el narcotráfico directa o indirectamente desde
principios de la década del setenta hasta el presente. Ha financiado parte
importante de siete de las últimas nueve
campañas presidenciales. Aunque existen dudas razonables sobre las dos
restantes. Y financió completamente la elección de un Presidente de la República.
Ha financiado cientos de senadores y
representantes, miles de concejales y diputados en todas las regiones del país.
Ha financiado la campaña de alcaldes y gobernadores. El matrimonio entre el
narcotráfico y la política colombiana es indisoluble. Parece un matrimonio
católico. Y ninguna de las dos partes quiere un divorcio o una anulación
matrimonial. Es una relación casi feliz aunque tiene sus tormentas conyugales y
momentos agridulces. En otro texto se analizará el otro matrimonio existente,
entre el narcotráfico y las clases ricas del país, las élites poseedoras de la
riqueza nacional.
El Estado Colombiano ha sido
incapaz de controlar el problema del narcotráfico. Pero también Estados Unidos
ha cometido grandes errores que han provocado un fracaso en la política
antidroga, iniciada por la administración Nixon, cuando creo la DEA, mediante
decreto presidencial el 1 de Julio de 1973, y continuada durante siete
administraciones posteriores sin resultados positivos. Alguna vez el
expresidente Clinton tuvo el valor de afirmar: “Confieso que hemos fracasado”.
De poco, tal vez demasiado poco ha servido
el Tratado Internacional de Extradición entre Colombia y Estados Unidos,
que produjo uno de los períodos más oscuros de
Colombia, cuando el capo de
capos, Pablo Emilio Escobar Gaviria, con
el demoníaco poder que poseía, se enfrentó
contra el Estado Colombiano y toda la
sociedad, desatando una guerra terrorista de amenazas, chantajes, bombas, múltiples asesinatos,
ajusticiamientos, secuestros e incontables atentados. Con la intención de
anular el Tratado de Extradición. Propósito criminal que al fin consiguió,
haciendo que su poder terrorista, lograra someter al Estado, a la corrupta
clase de ese período y al Presidente en ejercicio de esa década. Meta que
consiguió, cambiando la Constitución de Colombia, haciendo eliminar de la Carta Constitucional de ese
momento, el temido artículo sobre el Tratado Internacional de Extradición,
entre Colombia y los Estados Unidos. Ahora,
a los narcotraficantes colombianos, la
extradición no les produce miedo, quizás
muy poco quizás nada, parece
atemorizarles la amenaza de ser extraditados porque muchos de ellos, terminan
colaborando, negociando sus penas y parte de sus bienes con el aparentemente
flexible, sistema judicial americano. Muchos de ellos prefieren la extradición
a ser juzgados en Colombia. En el fondo, terminan ganando, asesorados por
hábiles abogados penales. Así mismo, la represión indiscriminada de diversos
organismos policíacos y de instituciones especializadas como la DEA, sólo ha
favorecido a los narcotraficantes porque ha aumentado la demanda y las
utilidades del negocio.
El mercado del narcotráfico
en Colombia ha sabido acomodarse y vincularse cada vez más al mercado nacional
e internacional de narcóticos. No obstante la persecución internacional por
parte de Estados Unidos y otras potencias europeas. Sus protagonistas, los narcotraficantes
colombianos, han hecho alianzas estratégicas y tácticas con diversas
organizaciones criminales del país y de otros países con implicaciones en el tráfico
de drogas. Y continúan provocando guerras, vendettas mafiosas, masacres,
desapariciones, homicidios selectivos, descuartizamientos y otros terribles crímenes
para vengar, amedrentar, usurpar y cobrar cuentas pendientes; asegurar rutas y
corredores confiables para el transporte y envío de la droga a los mercados
internacionales.
Investigación Original.
Documentada y redactada por BORIS DE BEDOUT
Medellín. Marzo de 2012.
LA MUERTE DE LA ESPÌRITUALIDAD EN EL HOMBRE MODERNO
¿Desde cuándo empezó a morir la espiritualidad en el hombre contemporáneo?
Sería un interrogante más apropiado para dar inicio a la introducción,
análisis, desarrollo y conclusión de éste ensayo. La respuesta o posibles
respuestas podrían ser tan válidas como cuestionables porque en un tema
trascendental pero presente en la vida diaria, como el que nos ocupa, la
polémica enmarcaría la esencia misma de la afirmación que da título al escrito;
así como también la pregunta que da
inicio al ensayo.
Es categórica pero
verdadera, como cruel la afirmación de como el hombre “empezó a suicidarse
espiritualmente” desde el momento en que su inteligencia alcanzó el nivel óptimo
de madurez y desarrollo cognoscitivo para “hacer ciencia”, “crear la técnica”,
“idear los extraordinarios inventos que disfruta la humanidad”; comenzó a cuestionar el origen del universo,
se interrogó desde la perspectiva filosófica el ¿cómo? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo?
¿Por qué? Y ¿para qué? De todos los fenómenos de la tierra, del
universo, ¿y por qué no? Del mayor
misterio, el más insondable de todos, el que todavía no ha sido resuelto en forma
satisfactoria y total, como lo es la
existencia del hombre, espécimen sui generis entre las miles de especies de la
naturaleza Quizás por ello Heidegger dijo: “El hombre necesita del misterio
porque hay en su fondo más íntimo una aspiración a lo trascendente”.
Cuando el hombre,
superados amplios estadios, tormentosos como complejos en el panorama de la
prehistoria e historia, adquirió la categoría intelectual para razonar,
alcanzando un “estado de conciencia
superior”, inició los cimientos que harían posible crear los períodos históricos
más importantes de Occidente, traducidos en grandes manifestaciones del arte,
la ciencia, la filosofía, el conocimiento básico que luego edificaría los sólidos cimientos del posterior desarrollo
de la humanidad, en los diferentes campos del quehacer humano. (El Renacimiento
y el Siglo de las Luces) Haciendo a un lado,
no con poco sufrimiento y daño a la evolución del hombre, el velo del
oscurantismo del medioevo, fue precisamente desde ese punto de la historia,
cuando empezó en forma sutil pero evidente la “agonía de la espiritualidad del hombre”,
alcanzando el pico del declive espiritual, con el advenimiento de la Revolución
Industrial, y con ésta, la aparición en escena del Capitalismo, imantado de un
codicioso comercio y una voraz aunque incipiente industria pero con infinitas ansias de totalizar las actividades del ser humano; como de verdad
lo logró en poco menos de dos siglos cuando el capitalismo alcanzó su máxima
cúspide de expansión comercial, industrial, financiera y bancaria; la oferta y la demanda, y con éstas, las demás
leyes inherentes de la economía de mercado. Imponiéndose
y prevaleciendo el dinero como leitmotiv de la vida, la razón de ser y no ser
del hombre desde su nacimiento hasta su muerte. “La concentración del capital llevó
a la formación de empresas gigantescas, manejadas por burocracias
jerárquicamente organizadas”. (1) Con el
dinero, y la suprema importancia dada a
ese valioso aunque satanizado instrumento comercial, se dio un giro no de
ciento ochenta grados, sino de trescientos sesenta grados, porque revolucionó la razón de ser de la
sociedad, el ser humano y su correlación con todos los actos inherentes; hizo
que todo empezará de nuevo, bajo el dominio y tiranía cuasi absoluto de ese símbolo con poderes mágicos si se quiere, pero manipuladores,
esclavizantes y artificiosos en la realidad de la vida humana.
No obstante que el desmoronamiento de la
espiritualidad, y al sucumbir ésta, se iniciarían los efectos colaterales, ya
latentes, reales de la descomposición social y moral de la humanidad, en un
proceso que de ser casi imperceptible y sutil, como se dijo en el inicio, ha
adquirido connotaciones agigantadas, hoy existe una realidad conocida y
aceptada por todos, mañana a nadie le importará porque dejará de ser valiosa
para lo pragmático que es la consigna que mueve el mundo. Lo que hoy está de
moda y a todos cautiva, unas semanas después ya nadie lo recordará ni le importará.
El hombre ha entrado en el umbral de lo desechable, lo que no tiene un valor
económico, no sirve, estorba y por lo tanto se desecha. El ser humano ha
fabricado en torno suyo una coraza de insensibilidad, automatismo, negación de sí
mismo, egoísmo y egocentrismo. Todo pasa
sin drama, sin dolor ni afecto mayor. El hombre está muerto por dentro y vive
hacia el exterior tan frío como un tèmpano. Sin vocación por el otro, sin
solidaridad, sin respeto, carente de compromiso social, se encierra en un
cubículo de soledad y tristeza que intenta maquillar con objetos, con música
estridente, sin valor; trata de llenar el vacío infinito de un cuerpo con el
alma muerta con alcohol, con droga, con sexo, con pornografía, con alimentos
dañinos, con costumbres, modas, culturas y hábitos sin sentido, sin solidez Así
ha sucedido con los valores más sagrados del hombre. Dejaron de ser instrumento
aleccionador y sacro para convertirse en tradición obsoleta, que a nadie
conmueve. El hombre se mueve como un títere, sin mayor virtud que el tener,
poseer, consumir, producir, copular, reproducirse, defecar y morir sin pena ni
gloria. Pero este principio del fin no se iniciaría hasta bien avanzado el siglo XX, entrando en
una etapa de decadencia y oscuridad casi total en las últimas décadas del siglo
XX e inicios del XXI.
La humanidad enfrenta
una de las mayores crisis porque queriendo ser Dios, desafiándolo, haciéndolo a un lado, el hombre se encamina a
una búsqueda arrogante, sin medida de la perfección que jamás podrá ostentar. Ha provocado el mayor desafío a la existencia de la vida, poniendo en peligro la supervivencia
de sí mismo, de las demás especies y del moribundo planeta que habita. No sólo
ha creado una ciencia, una tecnología superior en diversos aspectos, aunque
dañina y arrasadora en otros por el apetito
desenfrenado hacia los bienes terrenales. Pero también ha creado abominaciones
que ya no puede manejar como una contracultura sórdida de atraso, pobreza y
miseria extrema, injusticia, guerra a discreción y violencia atroz, cinismo
capitalista de despropósitos sociales, morales, éticos y económicos que
ensombrecen el ya de por sí gris futuro
de la generaciones posteriores. El hombre moderno ha ido asesinando su esencia más
sagrada, ha sacrificado ante el boato, el materialismo y superficialidad de la
avasalladora sociedad de consumo, el bien más preciado de su ser interno, su
espíritu, Giovanni Papini escribió con
no poca razón: “La tragedia del hombre moderno no es que venda su alma al
demonio sino que ya ni siquiera el demonio se interesa por comprarla”.
Pero se incurriría en
un dogmatismo severo sino se reconociera las virtudes alcanzadas por la
inteligencia humana no sólo en el amplio campo de las ciencias sociales, las
ciencias exactas, la investigación, la experimentación, el método inductivo y
deductivo; si por ello Demócrito afirmó alguna vez que una sola demostración
científica valía más que el reino de los persas, de ahí el gran valor del método científico en los tiempos modernos
pero también el avance de la política y
por supuesto, las maravillosas oportunidades y comodidades derivadas que brinda la tecnología. Porque así mismo que
resultaría absurdo, en contravía del proceso evolutivo y ascendente del hombre
a estados superiores de la inteligencia y el perfeccionamiento tecnológico por
no llamarlo de otra manera, que la
humanidad como especie privilegiada por dos factores que no tienen las demás
especies, como lo son la inteligencia superior y su alma inmortal, se justificara sin validez alguna que mejor se
hubiera quedado congelada, sin evolución, en un estadio determinado de la historia,
viviendo en estado bucólico, tan
pastoril como romántico retablo de la
mitología más pura. Para que quizás así la humanidad hubiera sido siempre buena
y jamás se hubiera corrompido hasta los niveles de decadencia y descomposición
que hoy ha alcanzado. Pero sin pecar de
moralistas, ni dogmáticos, menos aún, de exagerados. Porque es un hecho real y
no puede maximizarse como tampoco observarse con desinterés o mirarlo como “algo normal”,
porque no lo es. Pero la humanidad quiso
y pudo avanzar por su misma dinámica de inteligencia e implícito deseo, necesidad vital de
supervivencia, de mejorar en todos los sentidos, y por supuesto; dominar y someter la naturaleza para su
usufructo. Todo esto, acompañado de un valor tan intangible como necesario, fundamental
para el desarrollo del hombre dentro de la sociedad como lo fue alcanzar el
alto grado de libertad que disfruta la humanidad, aunque no en forma total
porque el hombre nunca podrá ser totalmente libre. Sin embargo, el hombre traspasó la frontera entre el bien y
el mal, sucumbió al hechizo de su
inteligencia poderosa y arrogante, desconoció los umbrales entre lo ético y lo
no ético, dilapidó en aras de la ciencia la prudencia y la sabiduría de la
sobriedad y el ascetismo que tanto bien le harían a la humanidad en momentos
tan áridos de luz, tan huérfanos de la “luminosidad interior” que debe ser el
distintivo característico, por antonomasia del hombre, no la fatua apariencia de vanidad decadente; estética
de una belleza falsa y vacía que sólo
unos pocos logran identificar como un engaño, por ser un criterio reflexivo sobre la estupidez de la plebe que percibe como
bello y hermoso, el kitsch horroroso de lo que ahora ellos, veneran como belleza; porque la mayoría ha caído en la mentira conductista,
de reflejos condicionados por la publicidad, de estar subyugados bajo la
supremacía de la exteriorización externa que ver más allá, el auténtico valor intangible, excelso, de la espiritualidad.
El hombre, al perder el poder de discernimiento,
se perdió en la nebulosa de la arrogancia científica, el hedonismo embriagador,
evasivo pero anestesiante de los placeres brindados por la materia, el yugo
adictivo del dinero, del tener, poseer, consumir y disfrutar sin importar nada más
en la vida que el goce, fomentado con
permisividad por un sistema político, corrupto, sin alma como lo es el
capitalismo salvaje actual que domina el planeta. Un pensador lúcido aunque un
tanto olvidado hoy, creador de un sistema filosófico denominado “El Personalismo” que intentó
amortiguar con sus postulados, conceptos y teorías de índole comunitario y
cristiano, los desafueros de la modernidad, anticipó con honestidad intelectual gran parte de la
decadencia actual. Este visionario, Emmanuel Mounier afirmó: “En ninguna época
han sido las opiniones sobre la esencia y el origen del hombre más inciertas,
imprecisas y múltiples que en nuestro tiempo”. Así mismo, este mismo autor
escribió en uno de sus textos: “Al cabo
de unos diez mil años de historia, es nuestra época la primera en que el hombre
se ha hecho plena, íntegramente problemático; el hombre ya no sabe lo que es
pero sabe que no lo sabe”.
El ser pensante ha
dilapidado en un lapso de tiempo muy corto, los tesoros más sublimes de la
tierra y su espíritu, ha corrompido la simiente de la vida misma, ha
quebrantado las leyes de la vida, como sacrificio absurdo ante los
despropósitos de la codicia, la soberbia, el afán de lucro y la más despiadada
lucha por el poder, la riqueza de unos pocos, en un raudo avance a ninguna
parte. Ya el individuo pensante que no se confunda el término con la persona humana,
con cualidades elevadas, vive sujeto a la impresión omnímoda de la imagen, a la
dimensión cuantitativa de la realidad, eliminando, borrando en unas pocas
décadas, el legado de valores éticos,
tradiciones y normas de comportamiento en otra época consideradas como axiomas
de vida. Gracias a mecanismos de
embrutecimiento colectivo como los medios de comunicación y formidables aparatos ideológicos de propaganda
y dominación publicitaria que dominan el planeta a través de sofisticados satélites y otros
medios avanzados de comunicación
como la internet, la televisión por cable y demás instrumentos electrónicos de comunicación
portátil, de uso personal que la juventud
se ufana en tener, exhibir y poseer como
auténticos tesoros sin los cuáles no
concibe la vida como plena, hasta sentirse despersonalizada y aislada si no
dispone de estos artilugios
electrónicos.
“La persona dirigida
por los otros, que a menudo padece de poca responsabilidad, puede buscar lo que
parece “un culto del no esfuerzo” en muchas esferas de la vida. Puede dar la
bienvenida a la mecanización de su rol económico y de su vida doméstica…” (2)
El homo sapiens
convertido en homo videns, por cuenta de una cultura del video, alucinante rencarnación
de luz, sonido y movimiento que robotiza, aliena y convierte al hombre en un
ser desprovisto de capacidad de reflexionar y pensar por sí mismo. El hombre,
antes producto de una milenaria cultura oral y escrita, fue desposeído de ésta, en unos cuantos años le arrebataron lo que
tardó miles de años en ser parte integral de la función cognoscitiva del
hombre, en una imbricación sabia con los sentidos, el cerebro y la capacidad neurolingüística
del aprendizaje, apropiación del conocimiento, creación de complejos sistemas
de pensamiento, inventiva y creación intelectual, artística, técnica o afín. Ahora la humanidad alienta al homo videns para
que la cultura sea producida no por la lectoescritura sino por la audio video
cultura, para crear un hombre de cultura electrónica, tan frío como lejano de
su esencia. Se cita de nuevo a Mounier: “El hombre es persona en cuanto que es
consciencia interior más allá de la pura materia”. Y agrega: “El hombre tiene
aspiraciones morales, estéticas y religiosas que la ciencia no recoge ni
comprende”.
El bombardeo tan
poderoso, fuerte como incontrolable; de la televisión y los demás medios
tecnológicos de comunicación, han revolucionado los hábitos culturales con
grave riesgo para la sensata y equilibrada capacidad de abstracción y por ende
de reflexión que el hombre necesita para enfrentar los retos en sus actividades
más básicas como las más elevadas. Por esta causa, a los niños y a los jóvenes
se les ha ido anulando el criterio de discernimiento y análisis, lo que está
creando personas de poca o nula concentración.
Seres ansiosos, dispersos, sin rumbo ni horizonte alguno, jóvenes violentos sin
capacidad de distinguir el bien y el mal por lo que son anzuelo para incurrir
en actos delictivos y enrolarse en las filas de pandillas y grupos de bandas
criminales. Son seres imitadores de lo
que sus perturbadas mentes perciben y procesan de una televisión con programación violenta y negativa, por
beneficio de una televisión privada ofrecida por suscripción privada de cable,
lo que la convierte en una verdadera
escuela y universidad de las nuevas generaciones, pero proclive al mal.
En
el “Personalismo” de E. Mounnier, no se
propugna por una filosofía de la
historia, ni una antropología, ni una teoría política sino que se tiene a sí
mismo por un movimiento de acción social de tipo cristiano que une fuertes
elementos comunitarios con la reflexión conceptual de raíz teológica sobre el
sentido trascendental de la vida. Los adeptos al “Personalismo”, asumen éste
como una orientación. Por ello, las raíces esenciales del “Personalismo” de Mounier, se encontrarían en
la ética fenomenológica de Jaspers y Max Scheler.
La neo cultura tecnológica ha
producido diversas generaciones de seres incapaces de reflexionar y pensar por sí
mismos por el inclemente sometimiento a que han estado sometidos su cerebros
por imágenes, miles de mensajes subliminales y millones de consignas
publicitarias y pseudoculturales, convirtiéndolos en seres pasivos sin
capacidad de reacción intelectual o cultural alguna. Hombres pasivos, sumisos en su soledad,
embriagados de ansias consumistas. Individuos estereotipados, sin valores por
destacar, hombres masificados por medios de comunicación y una sociedad de consumo
que los ha domesticado y amansado para su beneficio porque son seres sin
capacidad de crítica. Incapaces de pensar y por supuesto de rebelarse contra
tal situación. Freud le dio el nombre de sublimación a esa extraña
transformación que conduce de la represión del estado, la sociedad y la familia
sobre el individuo, “una conducta civilizada”. Puede entonces establecerse la
pregunta: ¿Qué grado de “sublimación”
puede existir o darse en una sociedad que está siendo idiotizada en masa? Porque
“la represión ha sido purificada”
hasta depurarse, por lo tanto, a lo que asistimos como testigos oculares,
quizás simples convidados de piedra ¿qué nombre le daría Sigmund Freud?
En forma casi profética hace más de medio
siglo, Erich Fromm escribió: “Cada paso hacia un mayor grado de individuación
entraña para los hombres una amenaza de nuevas formas de inseguridad. Una vez
cortados los vínculos primarios ya no es posible volverlos a unir. Una vez
perdido el paraíso, el hombre no puede volver a él.” (3)
El idioma, arte, religión, música e
idiosincrasia son parte válida y piedra angular de la cultura de cada nación.
Son parte de “su identidad”, forman el corpus indivisible de su unidad
nacional. Pero hoy por hoy, como consecuencia de la tan aplaudida como
aberrante “globalización de la humanidad”, estos factores aglutinantes de la
particularidad inequívoca de cada
pueblo, se están diluyendo en un fresco siniestro e idiotizarte de
estandarización plana, sin matices; serán convertidos en blanco o negro, no
habrá otra opción para tan espantosa catástrofe de la identidad cultural. Poco
a poco, la denominada en forma eufemística “cultura global”, ha adquirido el
tono variopinto de uniformidad estandarizada que la caracteriza. “Globalización”
entendida y formalizada en marcas, estereotipos culturales, hábitos
cosmopolitas de consumo y costumbres masificadas. La maravilla alucinante de un
hombre fabricado en serie en todos sus actos y comportamiento. Gigantescos supermercados con nombre propio,
patentados con un eslogan, una consigna, un holograma, un color y distintivo
que lo identifica en cualquier punto del planeta.
El planeta
ha alcanzado el estatus de un mundo de marcas, símbolos comerciales que
trascienden el comportamiento humano, haciéndolo parte de su vida diaria, razón de ser, y realización personal en procura de tener “aquéllos objetos” que llevan los anhelados,
soñados distintivos del comercio y la industria. Todos esos objetos materiales
se han convertido en un burdo sustituto de felicidad humana, disfraz maniqueo que ha contribuido en gran manera
a socavar, destruir los valores esenciales del espíritu porque el hombre ha
vendido su alma, su grandeza esencial para ser “adorador de cosas” que no hablan,
objetos que no sienten, imágenes y sonidos que no transmiten emoción y grandeza
alguna”. La tierra se ha llenado de cosas, cosas y más cosas que no sirven, son
inútiles; son chatarra que se acumula, se guarda, se deja por ahí en cualquier
lugar, se recicla y que las personas compran en un rito compulsivo. Individuos adoctrinados para producir,
consumir, desechar y volver a iniciar en forma perenne, un abominable ciclo
compulsivo sin sentido, de trabajar sin medida, vender su fuerza productiva
para adquirir objetos que en poco tiempo no le interesarán porque habrá otros
nuevos, vendrán otras modas, novedosos
inventos “más sofisticados y bellos” que ponto se volverán obsoletos e
inservibles pero que con tanto gozo y expectativa se adquirieron. Por lo que la “presión social” el comercio, la
publicidad “lava cerebros”, le hará adquirir los “últimos modelos” para empezar de nuevo el
ciclo demoníaco, como una pesadilla sin fin que envilece cada vez más a la
humanidad. El capitalismo en su demencia expansiva de crecimiento de mercado geométrico,
ha perdido la sensatez de una economía mundial equilibrada que beneficie a las mayorías
y no sólo a unas elites privilegiadas; el capitalismo al entrar en la fase
final de su dimensión macrocéfala, de crecimiento galopante, entró en una
espiral de no retorno, asfixiante,
creciente ola de fabricar, producir y vender miles de objetos y productos de
todo tipo que hoy son moda y necesidad para una masa alelada, carente de criterio,
con un libre albedrío al servicio de los impostores del comercio y la
industria; y en unos meses, a veces sólo
unas semanas, son ya objetos desechables,
cosas inservibles que se lanzarán a la basura como mercancía muerta.
Que oportuno citar un fragmento de
Leo Huberman, de su valioso y ya clásico
texto de economía, “Los Bienes Terrenales del Hombre”: “Durante
cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte
considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas
productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en
cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la
sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra
súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea; diríase que el
hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios
de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso,
¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de
vida, demasiada industria, demasiado comercio.” (4)
La tierra, convertida en un gigantesco
supermercado, atiborrado de objetos con una marca, un color, una figura que
marca la pauta de la búsqueda de la satisfacción humana, calamitoso, triste
remedo que los holding, trust y multinacionales, empresas tan poderosas como
siniestras, venden en perniciosas y persuasivas campañas publicitarias como
la “búsqueda y conquista de la
felicidad”. Estas empresas, desplegadas por todo el planeta venden la imagen
redentora de la felicidad terrenal, con pegajosas campañas publicitarias de
inquietante como peligrosa táctica y estrategia que engaña, manipula y
esclaviza a las grandes mayorías de la población. La publicidad avanza como una
aplanadora de la sociedad, uniformando
los gustos, los hábitos, las costumbres; cada gesto, deseo o sueño del hombre
se convierte en motivo de investigación y análisis de mercadeo para estos monstruosos
entes financieros, que manipulan, dominan y esclavizan la tierra. En una búsqueda obsesiva, persistente, sin
pausa porque el dinero ni los grandes capitales tienen descanso, buscando,
imponiendo nuevos mercados. Creando necesidades, edificando sueños de vida con
marca y consigna propia, redificando una novísima aunque despiadada cultura
comercial e industrial que ha convertido el planeta en un almacén gigantesco de
vendedores y compradores, de fantasías, mentiras e ilusiones empacadas en
colores, imágenes, audio y sonido como una panacea para la juventud perdida en
la soledad y la desesperanza, que se refugia allí para evadirse de la realidad.
Con la diabólica marca y numero patentado
que cada producto lleva como su distintivo único. Se analiza de nuevo, las
tesis de Mounier, para hacer un análisis comparativo: “Rehacer el Renacimiento
significa optar por explicar el mensaje de Jesús, a través del camino de Erasmo
de Rotterdam en lugar de hacerlo por el de Lutero o Descartes. Se trata de un
pensamiento moralista que por decirlo como
Lucien Guissard, toma conciencia del desorden, como alternativa a un
pensamiento mecanicista que en su opinión, “conduce a la degradación del
hombre, de lo humano ante la máquina del dinero”. Más adelante Mounier afirma:
“La filosofía personalista constituye para algunos síntoma y para otros la
respuesta a esa situación de nihilismo cuando ni el diablo, ni la soledad, ni
la muerte permiten responder a la pegunta por el sentido y la persona”.
El desarraigo del ser humano tiene su
origen en la perdida de la perspectiva del pasado. El hombre ha olvidado pero
también en el fondo quiere olvidar el pasado, prescindir de el en un momento de
tanto avance tecnológico, el postmodernismo avanzado que vive la especie humana
en la actualidad. Quizás en el fondo, anhela enterrar el pretérito porque en
esta deslumbrante, como anestesiante postmodernidad, el pasado le estorba al
homo videns. El hombre en el fondo ya no disfruta su raudo, frenético presente, sólo vive en el sueño y
por el sueño inconcluso de un futuro tan inmediato como impredecible y
oscuro. Siendo así, la humanidad ha
dejado de reflexionar, ha dejado la filosofía por lo que ya no filosofa. ¿Aún
hay filósofos en el mundo? ¿Dónde están
los filósofos de la postmodernidad que tanta falta y necesidad tiene hoy por
hoy la humanidad de ellos? El hombre ha dejado de filosofar sobre sus actos, no
lamenta sus errores; ha perdido la fe en los valores del pasado, es un
descreído de lo sagrado. Con su maravillosa ciencia humilla sin cesar lo
espiritual, pisotea el humanismo y la dignidad de la persona humana, e incurre en el cinismo y sarcasmo de burlarse,
olvidar y desafiar a Dios y las religiones. Perdió el respeto por lo sagrado y
sus íconos más sublimes. El hombre de la postmodernidad olvidó uno de los lemas
más sabios pero irrefutables de la condición humana: “Aprender una lección por
cada uno de los errores cometidos”. Origen incuestionable de la gigantesca
espiral que crece sin cesar, de la confusión y desarraigo total que vive el género
humano. Cabe aquí destacar y recordar la dicotomía entre los dos tipos de
existencia: “la banal y la auténtica”, identificadas por Martin Heidegger y
otros existencialistas como el mismo J.P. Sartre. Puede percibirse un auténtico
naufragio de la personalidad humana de hoy, porque huye sin cesar de sí misma,
perdida en conductas indecorosas y desesperadas, típica situación del hombre
contemporáneo. En este aspecto Heidegger es enfático en afirmar cómo esa desesperada
necesidad de salir de la esclavitud del anónimo, intentando en vano recuperar
su propio yo, es una fatalidad social de la vida del hombre. Una interpretación a la luz del existencialismo,
puede resumirse en observar que el vacío nihilista de la sociedad actual, con
una visión pesimista de la vida, enmascarada en un consumismo exacerbado de objetos, abuso de
alcohol, droga y sexo, es el refugio de soluciones puramente individuales,
síntoma y malestar de una sociedad en absoluta decadencia. Finalmente, retomando de nuevo los postulados
de Heidegger, es preciso analizar còmo el existencialismo abandona la vida
social, al considerarla una pérdida en la uniformidad y el automatismo pero al
mismo tiempo, la reconoce como vital para los que logran “encontrarse a sí
mismos”, recuperando al menos, “esa libertad” que no es algo distinto “que la
libertad para la muerte”. Consagración absoluta y nihilista en el naufragio
irremediable de la existencia humana.
Con respecto a este análisis, es
oportuno retornar a E. Fromm, en su famoso libro “El miedo a la libertad”,
cuando escribió: “Hay tan sólo una solución creadora posible que pueda
fundamentar las relaciones entre individualizado y el miedo: Su solidaridad
activa con todos, y su actividad, trabajo y amor espontáneo, capaces de
volverlo a unir con el mundo, no ya por medio de los vínculos primarios sino
salvando su carácter de individuo libre e independiente”. (5)
Una consecuencia del caos y confusión
creciente del hombre moderno, ha sido la pérdida gradual pero cierta de valores
que en otra época, fueron sagrados. Valores respetados y protegidos por el
Establecimiento, las élites y también por el pueblo raso. Aquellos intangibles,
representados en la moral, la ética, las “sanas costumbres”, la religión, la
familia, las personas mayores, los padres y los ancianos, el respeto al
prójimo. Todos ellos, son cosa del pasado porque su aplicación y cumplimiento
ahora resulta absurda, anticuada. Se ha
creado una anticultura, con un amplio mosaico de antivalores que las nuevas
generaciones observan como “algo moderno y normal”, exhibido con soberbia e impudicia
en no pocas ocasiones de su diario vivir. Esa violenta sustitución de valores,
practicados y respetados por cientos de generaciones anteriores, se remplazó
por un nuevo comportamiento social, “una flexible moral, laxa y adaptable a
cualquier situación”. Una moral de ocasión, podría denominarse “moral de
bolsillo”, transmutada en un libertinaje con apariencia de libertad que ha
conducido a una ruptura total con el pasado, creándose una sociedad sin
brújula, sin unas bases sólidas por carecer de postulados que la sustenten.
Pero como todo vacío de la vida y la existencia humana debe ser llenado con
algo, ese algo ha sido un espectáculo masificado como el fútbol, los
gigantescos conciertos de rock, los grandes espectáculos de cualquier tipo.
Pero también han creado sustitutos como las nuevas sectas religiosas, los
nuevos clanes urbanos delictivos, las fanáticas “barras bravas”, que han
convertido el fútbol en una “religión mediática”, creada, sufragada y
proyectada por poderosas empresas comerciales y de medios, vendiéndole al
mundo, el espectáculo deportivo del fútbol, como el sucedáneo, el placebo que
cura todas las angustias y libera al hombre del aburrimiento y la monotonía.
Mounier afirma: “Una persona es un
ser espiritual constituido como tal por una manera de subsistencia e
independencia de su ser. Mantiene esta subsistencia por su adhesión a una
jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un
compromiso responsable y una conversión constante: Unifica así toda su
actividad en la libertad y desarrolla por añadido a golpe de actos creadores,
la singularidad de su vocación humanista”.
Conductas y entretenimientos evasivos,
adictivos como los juegos electrónicos, convertidos en imitables modelos de
vida, héroes electrónicos para niños y jóvenes,
que los siguen con veneración e
idolatría. Los juegos
de azar en casinos y ludotecas, sin un fondo sólido que los determine como algo
positivo para enriquecer el interior del
hombre; así como también proliferan las múltiples adicciones, la violencia
urbana multiplicada, con una creciente
delincuencia, múltiples grupos
marginales sediciosos, huestes de vándalos; nuevas bandas mafiosas, sociedades
clandestinas y públicas de índole religioso, económico, pseudointelectual y de
raíz política. Con respecto a lo planteado, Max Weber, escribe en su libro, “La
acción social: Ensayos metodológicos: “Todo análisis reflexivo en torno a los elementos
últimos de la actividad humana está ligado en principio a la categoría del
“fin” y de los “medios”. Nosotros queremos algo en concreto, ya sea debido a su
valor intrínseco, o bien como un medio al servicio de lo que deseamos en última
instancia.” (6)
Una sociedad cada vez más gregaria
pero a la vez sumida en la soledad, más huérfana y desprotegida. Pero unida por
la masificación del comercio y las volubles modas del momento; una sociedad
compulsiva, absorbida y alienada no tanto por el sistema político y religioso,
al menos en Occidente, pero sí sometida como masa títere del consumismo. Miles,
millones de seres, hombres, mujeres, jóvenes y niños, condicionados por una
gigantesca telaraña de comunicaciones que manipulan, adormecen y confunden en
forma incesante a la población. Creando
estereotipos de vida, mentiras producidas, empacadas y vendidas como verdades.
Y aceptadas, digeridas, “metabolizadas en el corpus de una falsa cultura”. Una sociedad empobrecida de valores, consume,
absorbe, inhala, bebe, se alimenta con millones de mensajes y productos, en una
mística imparable de más y mayor consumo, aumentando una y otra vez su consumo.
La sociedad actual se encuentra tan embrutecida,
alienada y anestesiada que con la nueva utopía de la “globalización”, “libre
comercio” o “economía de mercado”, el hombre se hunde aùn más en un abismo
artificioso, complaciente que enajena más la voluntad del hombre, en su infinita
búsqueda del bienestar, quimera de
felicidad. El hombre ha entrado en un estado de coma intelectual mientras que
su espíritu de ser evolucionado, va apagándose sobre la tumba desolada, fría y
triste de un planeta vacío de luz espiritual. Un pensador japonés, Yoritomo Tashi, en un
conocido texto, titulado, El sentido común, dice: “Sin dejar de apreciar la
ciencia y cultivar los estudios abstractos y profundos, es muy conveniente
también introducir en los conocimientos el elemento “humanidad”. En otra parte
del texto, afirma: “Existen verdades esenciales que la vida cotidiana modifica,
sin que por ello las despoje de su autoridad. Las hay prematuras, como las hay derogadas.
Así pues, para razonar con sentido común es indispensable tener en cuenta el
tiempo, el lugar, el ambiente y todas las contingencias que pudieran atenuar el
alcance del raciocinio”. (7)
La crisis contemporánea está
expresada a través de las grandes quiebras económicas. El colapso del
capitalismo por sus excesos y ambición desmedida, sin control ni medida por
parte de los Estados que son simples títeres, marionetas e instrumentos del
gran capital financiero que domina y manipula el mundo. La avanzada era
postmodernista ha creado una sociedad enferma en todos los órdenes que se
refugia en el alcohol, la droga y otros
escapismos para huir a su triste realidad. El hombre moderno poco a poco
se ha sacudido del yugo de la tradición, de férreas normas morales, rompiendo
viejos moldes de atraso y oscurantismo religioso, para dar rienda suelta a un
libertinaje sin control alguno. El
hombre de hoy, carece de vida interior porque la arrolladora intensidad de la
vida externa, ha anulado su espiritualidad. Por lo tanto, el hombre vive en un
mundo externo, el hombre sabe más de todas las ciencias, muchísimo de su
entorno; pero sabe mucho màs del universo y de astrofísica que de sí mismo. El hombre ya no medita, no
conoce del silencio, y cuando lo intenta, huye despavorido para refugiarse en
el ruido de las grandes urbes, porque ve en el espejo del silencio el monstruo
de su misma identidad extraviada.
Se vive en tiempos difíciles, de
evasión, soledad angustiosa, la depresión se convirtió en una pandemia. La
humanidad asiste en parte complacida, en parte esclavizada al espectáculo de
vivir en medio de un gran supermercado, donde sólo unos cuantos pueden ingresar
para satisfacer sus placeres consumistas. Los nuevos templos de la tierra ya no
son las iglesias, usadas para la adoración a Dios, sino los grandes almacenes
de superficie, transformados en suntuosos palacios de plástica belleza para
comprar, consumir, extasiarse entre objetos absurdos que doblegan la voluntad
humana para adquirirlos. Los supermercados son los templos de la adoración a los objetos, monumentos de la evasión, catedrales
del consumo, la frivolidad y un placer tan fugaz, tan falso como la plástica
mentira de los productos consumidos; la
sonrisa hipócrita de los vendedores que los exhiben y comercian. Las nuevas
generaciones sienten pánico ante la presencia del silencio. Fueron criadas en
un mundo de ruido y confusión. Para los jóvenes no se concibe la magia apaciguante
del silencio. Anhelan el ruido, el alarido embrutecedor de la gran ciudad. Es
su elemento primordial, ¿cómo será posible que en seres tan primarios pueda ya
existir la espiritualidad? En forma acertada, Freud consideraba
al hombre como una simple “pulsión de placer.” Por ello, una vez más Maunier
anticipó en su libro, “En el pequeño miedo del siglo XX”,(1949) afirmando: “Si viéramos
reunirse bajo nuestra mirada los elementos históricos y psicológicos de un
terror del año 2000, la perspectiva sería del todo diferente a aquella grave
espera del año 1000. No nace de una profecía básicamente optimista sino de una
confusión general de las ciencias y de la estructuras”.
El hombre ha dejado de ser hombre como persona para
convertirse en un número, una marca, un objeto. Es “un individuo prometeico”, centrándose,
contrayéndose hacia lo externo de su misma interioridad ya dañada, quizás
muerta. El ser humano, sacudido de grandes y graves traumatismos modernos como
su vivir acelerado, sin pausa, confuso; robotizado hasta la mecanización. Ser
aturdido, programado sólo para producir y consumir. Muerto está ya su interior. ¿Dónde quedó la hermosa esencia íntima,
divina, insuflada por Dios en la concepción primigenia? Ahora los hombres se convirtieron en seres de
funciones. Deberes, obligaciones, metas exitosas que la sociedad les traza con
antelación. Hombres con una funciòn reproductiva, hombres con una actividad
sexual, una labor política; una función económica, un rol social, por lo tanto
productivo, consumista. ¿Dónde está entonces su preciada condición de ser
humano, ser espìritual con una naturaleza propia, libre y autónoma del opresivo
conglomerado social?
Nunca antes en la extensa y trágica
historia de la humanidad, el ser humano había
dispuesto de tantos medios de evasión, diversión, placer, divertimento;
llámese goce, máxima obtención del
placer. Medios e instrumentos tan eficaces como esclavizantes, adictivos para su
paz espiritual aunque ya aceptados, entronizados en el modus vivendi de la
sociedad moderna. Por ello, la muerte de la espiritualidad ha inducido en el
hombre el apego a las modas desechables, volubles y fugaces. Ya nada es
duradero. Todo es digno de ser cambiado y olvidado. Las tradiciones se
volvieron obsoletas porque el mercado y la economía no las necesita. Nada
subsiste más de una temporada ante el avance perverso de nuevos productos, sometidos
a la oferta y la demanda. Esta falta de interioridad
del hombre moderno se ha visto reflejada en una desorientación en todos los
niveles de la sociedad permisiva, con mayor énfasis en la niñez y la juventud.
El aturdimiento psicológico es aún mayor, se ha perdido el sentido común de la
vida, el valor real de lo espiritual por encima de lo material, que hacía que
el máximo atributo del hombre fuera llegar a ser un hombre bueno. Ahora esto
puede resultar anacrónico y risible para las frías generaciones que heredaron
la cultura de los antivalores.
El transcurrir de los días del hombre
sobre la tierra ha perdido la trascendencia majestuosa que por derecho propio
de su intelecto y espiritualidad ha tenido. El hombre al matar su
espiritualidad, sacrificada en aras de símbolos y objetos tan poderosos como
deleznables, tan importantes como pragmáticos en la vida diaria de la
humanidad, se hundió en un mundo de oscuridad. Instrumentos como el dinero y la
tecnología, por referirse sino a dos íconos estandartes que dominan gran parte
de la actual actividad del hombre, el hombre trascendió lo espiritual para
descender a un plano inferior de
materialismo decadente, sin vida porque perdió su alma. Y Ahora, el
hombre ya no teme tanto a los acontecimientos metafísicos como el fin del
mundo, la muerte o la “condenación de su misma alma”. No teme tanto a los
desastres naturales como sí le teme a la inflación o a la posibilidad de perder
el empleo y no poder satisfacer sus necesidades materiales, para complacer sus
“nuevas necesidades de comodidad y confort tecnológico”
El desplazamiento de los valores
inherentes a la grandeza inmaterial del espíritu con variables como la bondad,
la misericordia, la templanza, la fortaleza, la prudencia y la justicia, ya son
ignoradas para ser sustituidas por
modas, costumbres, hábitos sin valor alguno. Una sociedad que suplantó lo espiritual para
venderse al desenfreno comercial de la belleza plástica, necesariamente no es
una sociedad sana. Es una sociedad en franca descomposición que alcanzó, anuló y se perdió en los límites
de su espectro maligno, hacia un abismo absoluto. Cuando el mundo sucumbió al
hechizo de lo material, le rindió culto absoluto al dinero, al resplandor del
oro, empezó a morir para entrar en una decadencia absoluta. Sin redención,
inexorable.
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